Lo peor son esos momentos de lucidez en los que pienso: “No me puedo estar haciendo esto”. Esos momentos en los que me doy cuenta de que me estoy haciendo mierda lentamente, que ahora parece un sueño el poder elegir lo que quiero o no en mi estómago. Pero después la “jodita” se convierte en enfermedad, en problemas de salud, en gastroenteritis o problemas respiratorios.O quizás termine como mi amiga, dopada todo el día y pensando nada más que en las calorías que consume. Ya no se puede hablar con ella porque no sabe hablar de otra cosa que de la culpa que le agarra por comer y no vomitar. No quiero terminar así, pero no quiero seguir así, no quiero ser una princesa, tengo bien en claro que siempre voy a ser la hermanastra fea, el monstruito de la historia. Pero por lo menos quiero ser un monstruito flaco.